lunes, 1 de julio de 2013

Sol de invierno.

La caminata era lenta, no había ningún apuro de llegar, por inercia había dejado de asistir a una clase y me dirigía a casa, mis pies pesaban, mi cuerpo entero estaba rígido, todos los sonidos eran más agudos, estaba atenta a todos ellos, pero no miraba nada ni a nadie, sólo caminaba con destino al paradero, camino el cual sólo seguía por rutina en completo piloto automático, vi pasar la micro que debía tomar, pero no corrí, no había apuro, estaba en un estado letárgico el cual mi cuerpo se resistía a abandonar, los ruidos seguían siendo muy fuertes, los ojos secos y helados porque ya ni pestañeaba, crucé la calle con lentitud sintiendo la molestia de los conductores por mi tardanza, no me importó, mis pasos se negaban a apresurarse, llego al paradero vacío y me siento, el sol llega a mis piernas y siento el pequeño gozo del calor, mi vista se fija en la vereda de al frente, de pronto mis ojos comienzan a llenarse de lágrimas, siento la soledad de aquella caminata, la soledad que me acompaña en todo este tiempo, siento la miseria de no tener motivación de llegar a casa, de no tener motivación para caminar ni levantarme, miseria, soledad, no es lo mismo estar solo que sentirlo, en ese momento el sentimiento era enorme que sentí que me absorbía y en ese instante las lágrimas caen, para mí no había nada alrededor, no me interesó si alguien las vio caer, saqué papel y me las arremetí del rostro, la miseria no se expresa, se lleva dentro, eso pensé, la micro pasó delante de mis ojos y no la tomé, no alcancé a reaccionar y se fue dejándome en el mismo sitio con la soledad que espero no volver a expresar, con las metas que no tengo y mi motivación en cero. Sólo llegué a casa, vomité, tenía el estómago lleno de miseria que quería sacar, luego comí, comí mucho y me recosté, al segundo comencé a escribir la miseria que delante de sus ojos intrigados están leyendo ahora.

No te mueras tanto.